Como mujer de ciencias, poco creo en el más allá; sin embargo, como mujer de ciencia, encuentro más preguntas que certezas dentro de este universo. Por lo que llego a la conclusión de que mi abuelo solo ha trascendido a otro plano, a una dimensión desconocida.
Ya sea que ahora mi abuelo esté sentado en una gran mesa comiendo un festín en el Valhala junto a Odín, o en el Hades con todos los héroes griegos. Quizá esté en las puertas del cielo hablando con San Pedro, o de camino al Mictlán de la patita del Willy o del Kaiser, para encontrarse con todos los que le precedieron.
No lo sé y tampoco me interesa saberlo, porque lo que tengo es el legado de mi abuelo. Veo la huella de mi abuelo: en el amor por la familia de mi tío Adrián, en la ligereza de vivir de mi padre, en la serenidad de mi tía Gabi y en la capacidad de adaptación de mi hermano. Y en mí, quizás solo heredé su gusto por los dulces. Pero, sobre todo, espero haber heredado su actitud ante la vida, esa capacidad para sonreír incluso en los momentos más oscuros.
Don Simón, abuelo, padre, esposo, suegro, hermano, tío, primo e hijo, que tu camino no se acabe aquí. Espero que te reciba mi abuelo Margarito, que seguro anda bebiendo con Víctor. No los regañes, mejor juega una partida de domino con ellos. Juego con Willy y Kaiser, porque estarán gustosos de verte.
Y aunque nuestro reencuentro se postergue, sé que llegará el día en que nos volvamos a encontrar. Entonces podremos nadar como tiburones, saborear taquitos de cecina, disfrutar de un cafecito con pan y deleitarnos con una buena dosis de dulzura.
Abuelo, gracias por creer en mí, por hacerme la mujer que soy y por nunca dejar de sonreír. Hasta siempre, carita de arroz.
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