Comenzar de nuevo

 



Comenzar de nuevo

  Es finales de febrero y escribo con tristeza y confusión todos mis pensamientos.  Los días transcurrieron con la parsimonia de un reloj averiado, cada hora parecía arrastrarse con la pesadez del remordimiento después de nuestro último encuentro. El domingo se levantó como un lienzo vacío, un día que normalmente rebosaba de promesas de descanso y tranquilidad, pero hoy estaba teñido de melancolía y desolación. En medio de la tarde, con el sol languideciendo en el horizonte, me refugié en las palabras, buscando consuelo en la tinta que fluía de mi pluma. Sin embargo, la noche cayó y con ella retornaron las lágrimas, surcando mi rostro en un desfile silencioso de dolor y confusión.

  La brevedad del nuestro amor me golpeaba como una ráfaga de viento inesperada. En apenas dos meses, había caído en las redes de un sentimiento avasallador, y ahora, con la misma velocidad con la que había llegado, se desvanecía en la penumbra de la despedida. El lunes me recibió con un manto de tristeza y melancolía, una carga que pesaba en mis hombros como un fardo demasiado pesado. Me culpaba a mí misma, por mi intensidad, por mi sinceridad desbordante, por permitir que las emociones fluyeran sin freno.

  El martes amaneció con la misma pesadez en el corazón, pero esta vez el dolor había cedido su lugar al enojo y la frustración. No entendía tu negativa a volver a encontrarnos, y las palabras que brotaban de mi pluma eran una cascada de reproches y desilusión. Sin embargo, al caer la tarde, una calma inesperada se apoderó de mí, y por primera vez desde tu partida, pude dormir sin el peso de las lágrimas.

  El miércoles me trajo una nueva perspectiva, una visión más clara de nuestra relación efímera. Comencé a comprender tus miedos e inseguridades, a ver más allá de la imagen idealizada que había construido en mi mente. Ya no me culpaba por todo lo sucedido, ahora entendía que ambos compartíamos la responsabilidad en este baile de corazones desgarrados.

  Para el jueves, la aceptación había comenzado a hacerse un lugar en mi alma. Reconocí que me había enamorado del ser que me mostraste en una charla virtual, con más virtudes que defectos. Estaba dispuesta a aceptarte tal como eras y a caminar juntos, mano a mano, sin un futuro escrito. Pero comprendí que el avance solo es posible cuando los dos personajes están dispuestos a llevar la responsabilidad de una relación. 

  El viernes finalmente llega, y mi cuerpo se despierta con dificultad en la temprana mañana. Me apresuro a desayunar, consciente de que estoy tarde para mis compromisos académicos. Sin embargo, mi mente sigue agotada, perdida en pensamientos sobre ti, tratando de comprender lo que sucedió, buscando excusas por no haberte escuchado. Aunque ya no estoy triste ni enojada, la melancolía aún persiste, y mis palabras fluyen solas en este lienzo en blanco. Mi cuerpo no se mueve con su habitual gracia; parece cargar con un peso invisible, como si llevara un saco lleno de ladrillos sobre los hombros.

  Por la tarde, me reúno con mis amigos y les relato los acontecimientos de nuestro último encuentro, buscando respuestas en esta selva emocional. La conversación fluye sin interrupción, y confieso mi desconcierto por no haber percibido las señales antes.

  R nunca dejó claras sus intenciones, pero cada día me escribía con devoción. Nuestras conversaciones por chat se volvieron íntimas, explorando temas existenciales y revelando nuestros miedos más profundos. Cuando nos encontramos en persona, compartimos historias sobre nuestros traumas infantiles y cómo los superamos, confesiones que solo se hacen a alguien especial. Sus manos buscaban mi contacto, y yo correspondía con ternura. Nunca presioné hacia una relación ni asumí que nuestro vínculo debía ser necesariamente romántico. Sabía que eventualmente tendríamos que abordar nuestros sentimientos y el rumbo de nuestra relación. Planeaba una conversación tranquila y honesta, en un entorno seguro para ambos, aceptando que pudiese llevar tiempo encontrar una respuesta. Aunque las cosas no ocurrieron como esperaba, sucedieron, y mi corazón quedó enredado en un torbellino de emociones durante toda una semana.

   El viernes por la noche, comprendí y acepté que me había enamorado de R, sin remordimientos ni dudas. Me siento en paz con esa verdad, sin arrepentimientos, pues lo hice desde el amor y no desde la necesidad. Anhelaba explorar el romance con él desde mi fortaleza interior, y aunque él no estuvo dispuesto a intentarlo, me reconforta saber que elegí lo más saludable para mi alma. R, aunque mi corazón latía por ti, si no es mutuo, no lo deseo. Soy suficiente para mí misma y entrego todo en mis relaciones, pero si no hay reciprocidad, prefiero cerrar ese capítulo y agradecer por las lecciones aprendidas. Hoy es el último día que dedicaré mi tiempo y mis pensamientos a R por amor y respeto a mi propio proceso de sanación.

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